Este es un relato muy especial que escribi hace mucho tiempo.
Espero que les guste
Cuento de una noche sin luna.
Una fría noche, no como otra cualquiera, sin luna... oscura y tenebrosa. Lo único que iluminaba la calle era la artificial luz de las farolas e incluso las estrellas eran difíciles de ver, cosa que por otra parte no era fácil en una gran ciudad. Era muy tarde y me disponía a volver a casa tras otra noche de “marcha”, aunque mas bien podría definirse como entretenimiento ya que siempre que salíamos se hacía lo mismo y “lo mismo” se había convertido en una gris rutina.
A tales horas ya estaba sólo, atravesando el enorme parque que me separaba de mi urbanización. El miedo invadía mi cuerpo como cada noche que me tocaba cruzar el siniestro lugar. Mi cabeza era invadida por una terrible sensación de desasosiego y la adrenalina me forzaba a acelerar el paso. Toda sombra parecía tan lóbrega como agresiva y el fuerte viento no hacía que los sonidos fuesen más agradables... deseaba llegar cuanto antes a casa.
Aunque el paso de mis pies era veloz el de mi corazón lo era aún mas. Cuando creí que nada podría detenerme hasta llegar a mi objetivo, un dulce descanso en una acogedora cama, la vi... Al principio pensé que se trataba de un yonki o un vagabundo que estaba en mi camino, hasta me planteé el dar un rodeo, pero me di cuenta de que era una chica, sola, y estaba llorando con la cara escondida entre sus manos. En esos momentos me dije “mejor sigo mi camino y no me meto en líos, que bastantes tengo yo ya”... pero un impulso demasiado fuerte, como el que incita a las polillas a morir abrasadas en la luz, me instó a acercarme.
Tomando la elección que mis instintos dictaban sobre la razón me aproximé lentamente a ella. Estaba sentada en la esquina de un banco que iluminaba un farol cercano, según me acercaba me fije en su cabello negro que caía en cascadas por su espalda y en el brillo que la luz reflejaba sobre él. Cuando apenas estuve a unos pasos de ella me incline hacia delante y pregunte en voz baja:
-Perdona, ¿estas bien?-Mi voz fue apenas un susurro.
Ella se volvió rápidamente, al principio pude ver reflejado en su rostro una expresión de miedo que pronto se torno extrañeza, después fijó sus penetrantes ojos grises en los míos y muy lentamente preguntó asustada:
-¿Te conozco?-
-No, pasaba por aquí y te oí llorar, ¿estas bien? ¿tal vez debería llamar...
Mientras decía estas palabras me fije en ella. Era guapa, no de una belleza deslumbrante pero no se podía negar que tenía encanto, delgada y de tez blanca. Sus ropas, desde luego no iba a la moda, eran raras. Pero lo que mas me llamó la atención fueron sus ojos... esos ojos de un gris antinatural, extraños, llenos de tristeza. Antes de que pudiera acabar de preguntar ella volvió la vista al frente, al lago, como si estuviera mirando una figura tan solo al alcance de sus sentidos y empezó a hablar, casi como si no estuviera allí dejando fluir sus pensamientos:
-¿Te preocupas por una extraña? ¿quieres saber si estoy bien?... No, no estoy bien. El motivo es que estoy sola, desde hace mucho tiempo, y a nadie parece importarle. La gente viene, de aquí para allá, sin detenerse si quiera a pensar en quien tienen al lado, es mas, aunque se vieran apartarían la mirada con tal de no encontrarse cara a cara con la verdad... y esa es ¡que estamos solos!.
Su voz se quebró, no pudo continuar hablando. Aun así había dicho mas que muchas personas en toda una vida. Tras unos segundo, en los que su respiración entrecortada volvía adquirir un tono pausado y firme, fijó sus ojos en el suelo mas cercano dejando entrever una terrible angustia y agonía. En aquel momento me decidí a intentar ayudarla, tal vez no la vería nunca mas pero esa chica estaba sufriendo y no podía permitirlo. Me acerque lentamente, dejando que el silencio hoyase mi camino, y tome sitió junto a ella en el mismo banco. Después de unos instantes me decidí a hablar, no como un extraño sino como un amigo:
-En cierto modo todos estamos solos, mírame a mí. Ni si quiera conozco el nombre de mi vecino y muchos de mis supuestos “amigos” se alegrarían de mis desgracias. Sin ir mas lejos, ahora mismo mi primer impulso fue dar un rodeo... compréndelo son malas horas... pero heme aquí, dispuesto a ayudar a una completa desconocida.- Después de decir esto trate de sonreír tranquilizadoramente pero la melancolía que carcomía el interior de la muchacha parecía fuera de todo consuelo.
Ella giró, mirándome fijamente a los ojos, en aquel momento no supe reaccionar y quede instantáneamente en silencio. La chica empezó a hablar con una enorme carga de resignación en sus palabras, pero esta vez con menos tristeza y mas ternura:
-Estoy en un lugar extraño, condenada al ostracismo por los que me rodean, quisiera gritar pero no puedo e incluso si lo hiciese se que nadie me escucharía, es el sino de la humanidad marcada por un profundo egoísmo que solo en raras ocasiones es capaz de romper... estamos ciegos... – en ese momento su voz pareció quebrarse de nuevo, inspiró profundamente pero no por que le faltase aire sino mas bien como quien sabe que a hablado demasiado y debiera no haberlo hecho.
Fuera de mi atención, en aquellos momentos, el viento que antes azotaba violentamente ahora no era mas que una suave brizna, pero lo mas curioso de aquello no era que hubiese amainado sino que solo lo había hecho a nuestro alrededor. Los árboles en la lejanía aun eran empujados con fuerza por las corrientes. Además la luz, antes insuficiente de las farolas, ahora parecía alumbrar con mas fuerza nuestra zona, casi como si estuviera estática a nuestro alrededor pero la voz de la chica me tenía tan cautivado que ni siquiera era consciente mi entorno.
Cuando creí que ya no hablaría mas, ella tomo aire y dijo:
-Si, estamos ciegos. Ciegos para todo lo que nos interesa, pero cual es mi sorpresa que cuando para mí ya esta todo dicho... apareces tú. Una persona, como otra cualquiera, también afectado por el velo de la indiferencia pero que por una vez consigue romperlo por ¿una desconocida?. Si, por una extraña a la que no conoce de nada...- la chica se levanto suavemente del asiento -... ya estaba dispuesta a darlo todo por perdido, pero por personas como tú la eternidad sola merece la pena.
Tras estas palabras empezó a andar dándome la espalda. Yo, como embrujado, permanecí unos instantes mirándola sin perder ni el mas mínimo de sus elegantes movimientos. Entonces desperté, me levante lentamente y me dispuse a alcanzarla para preguntarle al menos su nombre. Pero antes de que pudiera si quiera avanzar ella se dio media vuelta sobre una pequeña colina y me dijo:
-Muchas gracias-
Tan solo fueron dos palabras, pero parecían encerrar mucho mas sentido que todo lo que habíamos hablado hasta el momento. Dicho lo cual, me dio la espalda de nuevo y vi como su silueta se desvanecía en la oscuridad de la noche. Salí corriendo tras ella pero por mas que me esforzaba no parecía ganar terreno, como si de un sueño se tratase. Cuando estaba a punto de alcanzar la cima de la colina... caí y al levantarme lo único que pude ver fue la luna frente a mi, una luna que el atardecer de esa misma noche no había dejado ver, una luna que antes no estaba allí.
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martes, 13 de abril de 2010
miércoles, 10 de febrero de 2010
Un poco de Luz, Un poco de Tierra
Hace mucho, mucho tiempo que recorro esta baldía tierra en busca de supervivientes y la verdad no se que es peor si el aullido de esas cosas o el silencio de estar solo, únicamente la luz que se filtra por las rendijas de mi atrincherada estancia me hace compañía en mis últimos momentos.
Tan solo un poco de luz.
Antes de todo este infierno era contable en una gran empresas. El salvajismo humano, en general, no paraba de sorprendernos en todas sus facetas, drogas, asesinatos, trata de esclavos, guerras, pero nada podía habernos preparado para lo que ocurrió el 22 de Agosto de 2007.
Los muertos empezaron a levantarse de sus tumbas para caminar entre nosotros. Muertos vivientes como los de las películas… sin voluntad, sin conciencia. Inicialmente cundió el pánico mientras las noticias retransmitían el inexorable avance de aquellas monstruosidades sin que nunca se supiera realmente que había llegado a pasar.
En un primer momento fue América del Norte la que sucumbió ante la plaga de “canibalismo” que los medios pretendían racionalizar pero pronto hubo noticias por todo el mundo… Madrid, Praga, Berlín… fue solo cuestión de tiempo que el Incidente llegara a los confines de la tierra ni siquiera Japón o Inglaterra con su estricto control de entradas pudieron evitar el caos durante mucho tiempo.
En Noviembre de 2008 ya no quedaban tumbas cerradas en el mundo.
A día de hoy, 17 de Marzo de 2011, tan solo quedo yo, infectado por el mordisco de una de esas cosas, bien sé lo que me espera a partir de ahora. Noto como la fiebre ya esta haciendo mella en mi consciencia y el tejido entorno al ataque del muerto esta preocupantemente necrotizado.
¡No quiero convertirme en uno de ellos!
Trato de distraerme, no pensar en mi inevitable fin. Intento recordar las caras y nombres de los cientos de compañeros de viaje que he tenido a lo largo de estos tres años y medio y no consigo traer a mi memoria mas de los que podría contar con los dedos de las manos. Tal vez sea el virus que empieza a entumecer mis facultades.
Cojo mi pistola una vez más. Compruebo que esta cargada y apoyo el cañón del arma por debajo de mi barbilla.
Me parece estar viendo a Mike y su eterna sonrisa. Ese hombre era capaza de levantar la moral de un regimiento. Incluso cuando lo atraparon en aquel callejón, y le estaban despedazando vivo, me pareció verle sonreír mientras quitaba la anilla de la granada que llevaba.
Su sonrisa, hacía 2 años que no la veía, pero volvía a infundirme el valor necesario así que amartillé el percutor del revolver mientras mis manos tiritaban por la fiebre y las lagrimas me caían por las mejillas. Solo que no era la fiebre lo que me hacía tiritar sino el miedo, llevaba más tiempo del que quisiera tratando de salvar esta patética existencia y ahora no me quedaba valor para quitarme la vida.
Bajé el cañón del revolver y me levanté. La luz que se filtraba cegaba mi sensible vista, otro síntoma del “virus zombi”, me dirigí sigilosamente a una de las tapiadas ventanas y eche una ojeada al exterior a través de una rendija.
Allí estaban. Eran cientos, y por suerte no se habían percatado de mi presencia, a lo largo de la ancha explanada que rodeaba la gasolinera se veía como deambulaban con sus grotescos movimiento sin saber muy bien a donde se dirigían.
Hombres, mujeres, niños, ancianos… si hay algo que ha demostrado ser cierto es que la muerte nos hace a todos iguales.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Non tan solo por el estado del sistema nervioso, pues empezaba a tener espasmos de manera periódica, sino también porque acababa de darme cuenta de que estaba viendo mi futuro.
La piel cetrina, la mirada acuosa y vacía… el hambre. ¿Cuánto tiempo hacía que no comía un buen bistec?... nuevamente el “virus zombi” apoderándose mi organismo.
Retrocedí unos pasos y volví a dejarme caer sobre la destartalada silla que esperaba detrás. Hizo un horrible sonido que en un primer momento me sobresalto pero luego pensé ¡Que demonios! ¿Qué van a hacer si lo escuchan? ¿Matarme?
Una sonrisa afloro a mis labios por lo macabro de mi situación y entonces me acorde de ella, Marta. No era especialmente bonita pero había algo en sus ojos, en su mirada, que me hacía perder la cabeza. En una ocasión se empeño en salvar a una pareja de ancianos asediada en su piso por al menos veinte no muertos y allí estaba yo al pie del cañón junto a ella.
Creo que todas aquellas locuras que hice junto a ella me hicieron “ganar” el privilegio de matarla. Cuando trajeron su magullado cuerpo, aún con vida, tras la incursión en aquel hospital lo único que pidió fue verme, me dijo que no quería convertirse en un monstruo que no quería perder su alma. Me miró con lágrimas contenidas en sus preciosos ojos y colocó su arma en mi mano
-Hazlo- fue lo único que dijo.
¡Maldita sea! Ella tuvo el valor de hacer lo correcto. Cogí nuevamente mi revolver y me lo puse en la boca.
La sonrisa de Mike, los besos de Marta, el sonido de los zombis echando abajo la endeble barricada de la gasolinera todo eso pasó por mi cabeza mientras apretaba el gatillo.
Lo último que pensé fue que en este nuevo mundo nadie descansaría en paz nunca más. Ni siquiera un poco de tierra sobre un ataúd cerrado.
Ni siquiera un poco de tierra.
Tan solo un poco de luz.
Antes de todo este infierno era contable en una gran empresas. El salvajismo humano, en general, no paraba de sorprendernos en todas sus facetas, drogas, asesinatos, trata de esclavos, guerras, pero nada podía habernos preparado para lo que ocurrió el 22 de Agosto de 2007.
Los muertos empezaron a levantarse de sus tumbas para caminar entre nosotros. Muertos vivientes como los de las películas… sin voluntad, sin conciencia. Inicialmente cundió el pánico mientras las noticias retransmitían el inexorable avance de aquellas monstruosidades sin que nunca se supiera realmente que había llegado a pasar.
En un primer momento fue América del Norte la que sucumbió ante la plaga de “canibalismo” que los medios pretendían racionalizar pero pronto hubo noticias por todo el mundo… Madrid, Praga, Berlín… fue solo cuestión de tiempo que el Incidente llegara a los confines de la tierra ni siquiera Japón o Inglaterra con su estricto control de entradas pudieron evitar el caos durante mucho tiempo.
En Noviembre de 2008 ya no quedaban tumbas cerradas en el mundo.
A día de hoy, 17 de Marzo de 2011, tan solo quedo yo, infectado por el mordisco de una de esas cosas, bien sé lo que me espera a partir de ahora. Noto como la fiebre ya esta haciendo mella en mi consciencia y el tejido entorno al ataque del muerto esta preocupantemente necrotizado.
¡No quiero convertirme en uno de ellos!
Trato de distraerme, no pensar en mi inevitable fin. Intento recordar las caras y nombres de los cientos de compañeros de viaje que he tenido a lo largo de estos tres años y medio y no consigo traer a mi memoria mas de los que podría contar con los dedos de las manos. Tal vez sea el virus que empieza a entumecer mis facultades.
Cojo mi pistola una vez más. Compruebo que esta cargada y apoyo el cañón del arma por debajo de mi barbilla.
Me parece estar viendo a Mike y su eterna sonrisa. Ese hombre era capaza de levantar la moral de un regimiento. Incluso cuando lo atraparon en aquel callejón, y le estaban despedazando vivo, me pareció verle sonreír mientras quitaba la anilla de la granada que llevaba.
Su sonrisa, hacía 2 años que no la veía, pero volvía a infundirme el valor necesario así que amartillé el percutor del revolver mientras mis manos tiritaban por la fiebre y las lagrimas me caían por las mejillas. Solo que no era la fiebre lo que me hacía tiritar sino el miedo, llevaba más tiempo del que quisiera tratando de salvar esta patética existencia y ahora no me quedaba valor para quitarme la vida.
Bajé el cañón del revolver y me levanté. La luz que se filtraba cegaba mi sensible vista, otro síntoma del “virus zombi”, me dirigí sigilosamente a una de las tapiadas ventanas y eche una ojeada al exterior a través de una rendija.
Allí estaban. Eran cientos, y por suerte no se habían percatado de mi presencia, a lo largo de la ancha explanada que rodeaba la gasolinera se veía como deambulaban con sus grotescos movimiento sin saber muy bien a donde se dirigían.
Hombres, mujeres, niños, ancianos… si hay algo que ha demostrado ser cierto es que la muerte nos hace a todos iguales.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Non tan solo por el estado del sistema nervioso, pues empezaba a tener espasmos de manera periódica, sino también porque acababa de darme cuenta de que estaba viendo mi futuro.
La piel cetrina, la mirada acuosa y vacía… el hambre. ¿Cuánto tiempo hacía que no comía un buen bistec?... nuevamente el “virus zombi” apoderándose mi organismo.
Retrocedí unos pasos y volví a dejarme caer sobre la destartalada silla que esperaba detrás. Hizo un horrible sonido que en un primer momento me sobresalto pero luego pensé ¡Que demonios! ¿Qué van a hacer si lo escuchan? ¿Matarme?
Una sonrisa afloro a mis labios por lo macabro de mi situación y entonces me acorde de ella, Marta. No era especialmente bonita pero había algo en sus ojos, en su mirada, que me hacía perder la cabeza. En una ocasión se empeño en salvar a una pareja de ancianos asediada en su piso por al menos veinte no muertos y allí estaba yo al pie del cañón junto a ella.
Creo que todas aquellas locuras que hice junto a ella me hicieron “ganar” el privilegio de matarla. Cuando trajeron su magullado cuerpo, aún con vida, tras la incursión en aquel hospital lo único que pidió fue verme, me dijo que no quería convertirse en un monstruo que no quería perder su alma. Me miró con lágrimas contenidas en sus preciosos ojos y colocó su arma en mi mano
-Hazlo- fue lo único que dijo.
¡Maldita sea! Ella tuvo el valor de hacer lo correcto. Cogí nuevamente mi revolver y me lo puse en la boca.
La sonrisa de Mike, los besos de Marta, el sonido de los zombis echando abajo la endeble barricada de la gasolinera todo eso pasó por mi cabeza mientras apretaba el gatillo.
Lo último que pensé fue que en este nuevo mundo nadie descansaría en paz nunca más. Ni siquiera un poco de tierra sobre un ataúd cerrado.
Ni siquiera un poco de tierra.
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